martes, 5 de octubre de 2010

Cuento " LA SOMBRA "

Desperté sin poder recordar ni un efímero sueño siquiera. Me senté en la cama y me pesaban los hombros como si llevara un costal en ellos. Camine hacia el baño, con agua tibia despabile mi cara mirándome en el espejo. Repentinamente una sombra se atravesó por detrás de mí, giré con los pelos erizados, sin dudar supe que era la misma sombra que me atormentaba en mis sueños. Quedé tieso, en medio de la habitación a media luz. No era la primera vez que me sucedía. Desde niño llevo la osadía de ocultarlo y de mantenerlo en secreto; un secreto que hoy se disuelve en mi memoria como un terrón de azúcar. Solo un fondo oscuro vive en mi mente y en él la sombra difusa mutilada con una sola mano; la que me asfixia y me deja sin aire. Lloré y grite siempre en silencio y el miedo me terminaba cercando en la vergüenza y decidí recluirme en mi mismo. Recuerdo que todo empezó cuando jugaba en una tarde de verano, puedo percibir el olor a pasto recién cortado y los mosquitos en mis piernas. El sol abrazaba todo el patio y de una canilla una gota permanecía suspendida soportando el calor, en medio del pasto me recostaba mirando al cielo dejando que me absorbiera la sensación de estar volando, y por un instante desaparecer de la faz de la tierra. Me sentía libre, hasta que sin darme cuenta caía profundamente quedando dormido. No tenía sueños, más que el de siempre, la mano de la sombra asfixiándome. Cuando no podía resistir y me faltaba el aire abría los ojos, el cielo no estaba, veía todo nublado, pestañaba con lágrimas y sobre mí estaba el techo blanco de mi cuarto. Las manchas de humedad de la pared se mezclaban con ese fuerte olor que quedaba después de mis pesadillas. Seguido permanecía exhausto, sumiso y callado, con la vista gacha dirigida al plato de la cena. El chasquido de los cubiertos retumbaba como ecos metálicos que se interponían entre la voz de mi madre suplicando y los gritos de ese señor. Pero yo tenía la virtualidad de persuadir el mundo real extrayéndome por completo de él. El verano recalentaba y agobiaba con temperaturas altísimas, con la manguera regaba todo mi cuerpo mojándome la remera y los pantalones, correteaba chapoteando en los charcos que se formaban en el piso desnivelado. Acostumbrado a jugar solo me había convertido en un niño introvertido, y el hecho de que mi madre trabajara tuve que cuidarme solo. Confié en ella y sus palabras por mucho tiempo. Mis pesadillas fueron el producto de la confianza. ¿Mi confianza o de la mi madre? esa tarde me senté en mitad del patio mire fijo un charco y jugué con el reflejo de mi cara. Con el dedo índice señale sobre el agua cada parte, primero los ojos, luego la nariz y por ultimo la boca. La imagen se distorsionaba cada vez que la tocaba, hasta que de imprevisto todo se oscureció y mi pesadilla reaparecía. La mano sujetaba el poco aire que podía sostener, la sombra me pesaba dejándome inmóvil. Otra vez despertaba y volvía a ver el techo de mi cuarto con la humedad y el olor que dejaba mi pesadilla. Me escondía debajo de mi cama hasta que mi madre retornaba. Preso del miedo me torné en un experto en disimular a cualquier pregunta de mi madre. Me daba un beso y en ese instante aprovechaba para inhalar con fuerza y sentir el perfume de su colonia que me elevaba y transportaba en una paz milagrosa. Pero otra vez la voz de mi madre suplicando me ensordecía bajo los gritos rudos de ese señor. Serraba con ímpetu los ojos y mi mente se iba del lugar. Despertaba de golpe cuando la mano de mi madre se deslizaba por mi cabeza. La abrazaba fuerte y su cara junto a la mía escurría lágrimas, solo nos mirábamos directo a los ojos. Cada vez que mi madre se iba a trabajar sabía que la sombra vendría por mí, y así sucedía, volvía a sujetarme y la mano me asfixiaba. De pronto un silencio se apoderó del lugar, la sombra se quitó de mi espalda, voltee boca arriba y yacía tirado a mi derecha aquel señor, mi padrastro. En frente y de pie paralizada mi madre con una cuchilla en su mano. Las pesadillas sin noche habían sido el hostigo de las tardes de mi niñez que de apoco devoraron y quebraron las frágiles alas de mi inocencia marcándome para siempre.

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